Bandera Conmemorativa de la Guerra de Malvinas en su cofre en el Museo del Fin del Mundo
Durante poco menos de una semana caminé por entre los turbales, me embarré, me tropecé con las raices de los árboles en un terreno poco amigable, me perdí en los senderos de las montañas, metí los pies en el agua de deshielo, traté de sobreponerme al frío y al viento que a veces se tornaba helado. Era pleno enero. A veces el clima y el terreno se ponían complicados y yo no estaba en la guerra.
Turbal en el camino de ascenso a Laguna Esmeralda. Valle de los Lobos
Creo que uno de los momentos más emocionantes que me tocó vivir fue la navegación del Canal de Beagle en el más absoluto de los silencios; y en la soledad de mis pensamientos encontrarme con aquellos soldados - jóvenes hombres de 18 ó 20 años - dando lucha en una guerra ilógica e irracional de la que aún le debemos el reconocimiento justo anque una vuelta a casa como se merecen.
Vista del Canal de Beagle desde la Bahía de Ushuaia
Soy de esa generación. De la que tejía en los colegios, la que embolsaba chocolates, la que escribía cartas para levantar la moral. De la generación que creía que éramos invencibles pero temblaba de miedo, lloraba y rezaba a lo loco al ver a los amigos partir rumbo al sur. Soy de la generación que vió a sus mayores donar alianzas matrimoniales para solventar una guerra sin sentido. Soy de la generación que tenía familia en Caleta Olivia y cuando hablábamos por teléfono nos contaban que era lo que sucedía y no les creíamos ¡Si estábamos ganando!
Este es mi homenaje a nuestros soldados. A aquellos soldados. Hoy más que nunca aunemos nuestras emociones cantando desde el alma y con el corazón:¡O juremos con Gloria morir!