jueves, 2 de abril de 2009

¡O juremos!

21 la espiaron

Monumento a los Caidos en la Guerra de Malvinas

Cuando en enero de este año llegué a Ushuaia - por primera vez en mi vida a pesar de ser patagónica - lo primero que hice fue irme hasta el Monumento a los Caídos en Malvinas.

Caminé lentamente, leí todas las placas - con una media sonrisa que se podría decir que era una mueca ya que en realidad se me frunció el alma ante una realidad tan contundente - vi que la de la placa que dejaron los Kirchner está apoyada en un lateral porque alguien la sacó de su lugar, pero no la rompió ni la maltrató. Sólo la dejó a un costado, como quien deja una nota en un libro de quejas, como quien hace notar ante los demás un sentimento o una emoción. En este caso un desprecio. Un sentido de no pertenencia.

Hablando con la gente del lugar - tengo esa mala costumbre que espero no perder nunca junto a la de meterme en los bares locales por la tardecita para despuntar el vicio social y de paso tomar una cerveza artesanal - fue como me enteré de que el Monumento no es un homenaje de la Nación a sus heroicos soldados, sino que es un una muestra de reconocimiento del pueblo de la Ciudad de Ushuaia a los que supieron defender con su vida la soberanía de todos los argentinos.

La bandera que flamea a su lado se cambia todos los 2 de Abril y la ciudad la entrega en guarda a alguna institucion, ONG o Museo que se considere a la altura de las circunstancias. Se coloca una nueva, hermosa y flameante; como poniéndole el corazón a los vientos patagónicos que entran sin contemplaciones por el Canal de Beagle que se asoma entre el calado de las Islas en el concreto.

Bandera Conmemorativa de la Guerra de Malvinas en su cofre en el Museo del Fin del Mundo

Durante poco menos de una semana caminé por entre los turbales, me embarré, me tropecé con las raices de los árboles en un terreno poco amigable, me perdí en los senderos de las montañas, metí los pies en el agua de deshielo, traté de sobreponerme al frío y al viento que a veces se tornaba helado. Era pleno enero. A veces el clima y el terreno se ponían complicados y yo no estaba en la guerra.

Turbal en el camino de ascenso a Laguna Esmeralda. Valle de los Lobos

Creo que uno de los momentos más emocionantes que me tocó vivir fue la navegación del Canal de Beagle en el más absoluto de los silencios; y en la soledad de mis pensamientos encontrarme con aquellos soldados - jóvenes hombres de 18 ó 20 años - dando lucha en una guerra ilógica e irracional de la que aún le debemos el reconocimiento justo anque una vuelta a casa como se merecen.

Vista del Canal de Beagle desde la Bahía de Ushuaia

Soy de esa generación. De la que tejía en los colegios, la que embolsaba chocolates, la que escribía cartas para levantar la moral. De la generación que creía que éramos invencibles pero temblaba de miedo, lloraba y rezaba a lo loco al ver a los amigos partir rumbo al sur. Soy de la generación que vió a sus mayores donar alianzas matrimoniales para solventar una guerra sin sentido. Soy de la generación que tenía familia en Caleta Olivia y cuando hablábamos por teléfono nos contaban que era lo que sucedía y no les creíamos ¡Si estábamos ganando!

Este es mi homenaje a nuestros soldados. A aquellos soldados. Hoy más que nunca aunemos nuestras emociones cantando desde el alma y con el corazón:


¡O juremos con Gloria morir!